Día de las madres, el festejo como constructo social
Teníamos
dieciocho años cumplidos cuando Verónica se convirtió en madre por primera
vez, fuimos a visitarla y conocer a su bebé,lo primero que nos dijo fue:ni se siente nada, no es verdad que uno los ama en cuanto nacen,sabes que es tuyo y ya, pero es todo. Fue hace treinta años
aproximadamente, poco a poco todas las amigas del grupo nos fuimos convirtiendo
en madres.
Esa anécdota fue lo primero que vino a mi mente cuando estaba preparando el material para escribir y ordenar estas palabras, me hizo pensar que la maternidad forma parte de un fenómeno colectivo resultado de la época que se vive, acompañada de la historia de vida de cada mujer.
La celebración a las madres tiene una presencia mundial, en los países del sur de Latinoamérica como Perú, Venezuela, Colombia, Ecuador, Uruguay, Puerto Rico, Chile, las mamás son festejadas el segundo domingo de mayo, en Argentina se celebra el tercer domingo de octubre, para los queridos mexicanos el día 10 de mayo está dedicado a las madres, aunque por razones culturales y de idiosincrasia, sabemos que los mexicanos celebraremos, cuando menos este 2024, todo el fin de semana.
El festejo del Día de las madres es un día emblemático, un momento de reconocimiento a la figura que agradecemos por darnos la vida, el amor y los cuidados necesarios; el concepto de maternidad, el reconocimiento de esta condición tiene un origen histórico en diferentes contextos; de acuerdo a lo planteado por Alicia Oiberman, maestra y psicóloga argentina, en su artículo: Historias de las madres en occidente: repensar la maternidad, menciona que convertirse en madre, si bien es un hecho biológico, concreto, es también un valor entendido desde los aspectos sociales, culturales, psicológicos e históricos propios de cada época. Hoy podemos hablar sobre maternidades por elección cuando esto no siempre ha sido así.
La maternidad es un proceso evolutivo que implica una sucesión de secuencias complejas como la pubertad, fecundación, embarazo, parto, lactancia, crianza, educación y separación, menciona Oiberman, de tal forma; que la maternidad es un viaje sin retorno, convertirse en madre es un proceso que una vez iniciado, no terminará nunca. La maternidad es una experiencia relevante, única, es una vivencia personal en comunidad, “es un viaje interior, aunque no se concrete” (Oiberman 2022)
Convertirse en madre involucra sistemas completos de transformación que dependen de la relación madre – hijo, hija que se establece de acuerdo con los cánones establecidos en el contexto en que sucede, en esto están incluidas las ideas y conceptos de amor de madre único e incondicional, el instinto maternal, el sacrificio y entrega que una madre debe o puede tener para con sus hijos. Ahora sabemos que el desarrollo materno también está íntimamente ligado a la historia de vida de la madre, las mujeres establecemos nuestra condición materna en función de lo aprendido de nuestras madres o lo que es lo mismo, el sentido de identificación como resultado de la experiencia con nuestra progenitora.
Los hijos, mujeres o varones, establecemos las relaciones futuras a partir de lo aprendido con nuestros padres o primeros cuidadores que ejercieron las acciones maternas y paternas en los primeros años de vida, pero la relación biológica de la madre que desde la concepción tiene contacto directo con los hijos, es la que se considera que trasciende e impacta mayormente. La maternidad a través de los tiempos deja en manos de la mujer una serie de responsabilidades y compromisos que deben cumplirse por el hecho de ser la portadora de vida, aunque históricamente no siempre fue así.
La historia de la maternidad tuvo su origen en la postura de ley natural -porque así debe ser- hasta los días actuales donde se habla abiertamente de selección -deseo convertirme en madre- las mujeres no siempre fueron idealizadas por el hecho de ser madres, en las culturas griega y romana la mujer era reducida al vientre que traía un hijo al mundo, lo demás no importaba. El parto era asistido por otras mujeres; en épocas anteriores existía un alto índice de mortalidad debido a las condiciones tan precarias en las que se hacían los alumbramientos. La ignorancia y los pocos recursos aunados a los prejuicios complicaban la situación, los hombres que fueron los primeros en practicar la medicina no se involucraban en los partos por considerarlos desagradables, además no era bien visto que estuviera presente otro varón que no fuera el padre ante una mujer en tales circunstancias. Fue muy lento el avistamiento de términos relacionados con las enfermedades, higiene y la importancia de los cuidados de la mujer para evitarle tanto sufrimiento durante el embarazo y parto a ellas y sus hijos.
Durante mucho tiempo y en diferentes espacios la relación de la madre e hijos era determinada por los padres, por ejemplo; nuevamente los griegos y sus fieles seguidores los romanos, tenían el poder para decidir si sus hijos vivían o no de acuerdo a su conformidad con el sexo, físico o número de hijos ya existentes, posteriormente en casi la totalidad de las culturas, los hijos legítimos eran derecho de reconocimiento por parte de los padres, la madre ha de ser madre de hijos legítimos o bastardos, con su respectivo orgullo o vergüenza.
La maternidad también ha sido exaltada a niveles divinos o aborrecida, dependiendo la circunstancia y el momento histórico. Una mujer que vive el proceso biológico del embarazo comienza con el viaje interior que modificará su cuerpo, alma y mente. Una madre está expuesta a ser condenada o recompensada, en ocasiones se le adjudican poderes absolutos y habilidades extraordinarias, como la certeza de saber lo que necesitan sus hijos, incluso por encima de lo que ellos crean, pero lo único cierto es que las mujeres que nos convertimos en madres vivimos un proceso psicoafectivo real que no es perfecto, a veces falla, en promedio, el papel de una madre lo dicta el consciente colectivo idealista y no la mujer que ejerce la maternidad con conflictos, errores, imperfecciones o desgano.
La imagen de la madre siempre y cuando sea buena, sometida a un padre, entregada a los hijos y quehaceres domésticos, prevaleció por siglos, posteriormente la mujer obtuvo algo de “independencia” para salir a trabajar y ganar el sustento, sin importar las horas y jornadas exhaustivas fuera de casa, las mujeres tuvieron que llegar a sus hogares y continuar con el modelo de buena madre adjudicado socialmente, romantizando la idea y la capacidad que muchas tienen de convertirse en efectivos seres multitareas.
No es sino hasta el 1900 que surgen las primeras ideas sobre una maternidad consciente y no pasiva, reconociendo el esfuerzo que implica ejercerla, en 1945 mujeres como Simone de Beauvoir hicieron mención de la maternidad elegida, con la publicación de su libro: El segundo sexo, obviamente con un discurso feminista y liberador viene a desacralizar la maternidad tras argumentar que no existe el instinto materno ni es automático el amor hacia los hijos, por el contrario; habla de la existencia de las malas madres, nos otorga de alguna manera; el permiso a no ser perfectas, a no desear serlo y la libertad de no querer ser madres.
Sin embargo; llegar al siglo XXI no es garantía de evolución, existen cambios, avances tecnológicos y científicos que mueven las condiciones en el ejercicio de la maternidad, pero el consciente colectivo, las costumbres, creencias y prejuicios de las sociedades siguen presentes en mayor o menor medida. En el mundo sigue existiendo la mortalidad materno – infantil y el índice de madres adolescentes no disminuye; aún existen muchas mujeres que no pueden acceder a servicios de salud dignos o ampararse bajo las leyes si no quieren ser madres, paradójicamente hay otro porcentaje alto de mujeres que quieren pero no pueden serlo, lo que lleva a otros fenómenos como la concepción in vitro y programas de fertilización avanzados, hasta llegar al alquiler de úteros o maternidad subrogada, adopciones bajo pedido con características y rasgos específicos de los hijos; en otros espacios se sigue siendo madre por condicionamiento social, por constructo, por cumplir.
Ser madre siempre tendrá implicaciones, cargas emocionales, afectivas, económicas y grandes responsabilidades, al final; si tuviéramos oportunidad de observar estos hechos en una línea del tiempo, no importa en que época de la historia nos ubiquemos, le toca a la madre responder por sus hijos, si son buenos o malos, si son sanos o enfermos, obesos o desnutridos, brillantes o retrasados, exitosos o perdedores es responsabilidad directa o en mayor medida de la madre. Sin duda la celebración o reconocimiento de esta figura y acción de ser madre es vista y aceptada a nivel mundial desde los orígenes de los pueblos y sociedades, el ejercicio de la maternidad como bien lo menciona Alicia Oiberman, va más allá de un proceso biológico, psicoafectivo; conjuga de manera integral un sinnúmero de factores que convierten a la maternidad en un viaje sin retorno. Al hacer este somero y breve recuento histórico sobre la evolución de la maternidad, nos lleva a reflexionar que es una experiencia donde la sociedad sigue esperando mucho a partir de conceptos idealistas, condicionando comportamientos, actitudes, respuestas por parte de una mujer que es imperfecta y tal vez no planeó ser madre o no le ha sido sencillo cubrir las expectativas, la maternidad no siempre es un lecho de rosas, no todas cuentan con un compañero presente para criar en igualdad de circunstancias, muchas mujeres siguen maternando a pesar de la violencia y discriminación que se ejerce en su contra, incluso por parte de la familia, pareja e hijos.
Madres que crían solas, que trabajan y no encuentran apoyo ni espacios adecuados para combinar la vida laboral con el ejercicio de la maternidad, mujeres que tienen hijos exitosos y también hijos desastrosos, adictos, tontos o con enfermedades terminales que deben enfrentar. Existen madres maravillosas si, pero también madres nocivas, resolutoras, sobreprotectoras, metiches, madres enfermas, que se cansan y no desean tener más hijos o se arrepienten de haberlos tenido, la sociedad espera mucho, la maternidad sí es un viaje sin retorno, una vez que lo somos jamás dejamos de serlo, ser madre es una maravillosa experiencia con altibajos que se vive por etapas, puede disfrutarse o sufrirse de acuerdo a lo que estemos dispuestas a responder, aprendimos de nuestras ancestras, nuestras madres nos dieron lo que tenían para dar, la maternidad nos da la oportunidad de crecer y evolucionar si así lo decidimos. Todos hemos tenido una madre, una fuerza materna que nos trajo al mundo y nos acompañó compartiendo lo que tuvo o lo que pudo dar, tenemos el poder de enaltecer y preservar lo mejor de nuestras madres en nuestros hijos y ellos a su vez en los suyos, somos hijos, hijas y se ejerce maternidad, si deseamos hacerlo o no, afortunadamente hoy tenemos la posibilidad de elegir.
La mejor manera de celebrar un día dedicado a la madre sería iniciar por perdonarnos, dejar de exigirnos tanto a nosotras mismas, reconociendo lo esfuerzos y trabajos que todas enfrentamos al maternar, comprender, atender el cansancio y la realidad que se vive, ser empáticas y solidarias ante los errores cometidos sin esperar perfección, debemos darnos el permiso de saber que no lo podemos todo, practicar la sororidad con otras mujeres que apenas inician la experiencia, no juzgar o interferir con aquellas que se esfuerzan todos los días por hacer lo que consideran mejor, sería de gran ayuda aligerar el peso que lleva a cuestas una mujer que se convirtió en madre por convicción o por imposición en esta experiencia sin boleto de regreso.
Oiberman, A. (2005). Historia de las madres en occidente: repensar la maternidad. Psicodebate, 5, 115-130. https://doi.org/10.18682/pd.v5i0.456

Excelente reflexión!
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