Las cosas y circunstancias que me convirtieron en lectora

 


A propósito de la celebración del Día del lector y la lectora, a mi mente vinieron tantos recuerdos que terminaron en esta remembranza donde inevitablemente se relacionan la época y generación en que nací, las cosas y circunstancias que me tocaron vivir y que considero, me convirtieron en lectora.

Pertenezco a la generación X, ese grupo de personas que más allá de haber nacido en un espacio-tiempo en particular, significamos un eslabón entre lo análogo y lo digital. Crecimos sin celular y sin internet. Fuimos una generación que creció sin esos recursos de inmediatez y disponibilidad 24/7. Nuestra vida no era tan rápida, pero sí se movió vertiginosamente. Y esos movimientos no giraban en torno a los dispositivos móviles o pantallas, aunque ya existían las computadoras y más de alguno tenía atari en casa. La existencia giraba más hacia prácticas letradas, nuestros recursos más que audiovisuales, eran impresos y posteriormente, se combinaron y fusionaron con lo televisivo y radiofónico, previo al internet.

Los medios comenzaban a impactar en nuestro crecimiento y algunos repetíamos como loros, los comerciales que escuchábamos por radio y televisión, tuvimos la oportunidad de enterarnos de los dramas vividos por La Zulianita, (1976) aquélla telenovela de origen venezolano que embobaba a mi abuela mientras nos cuidaba, así como el humor tan esperado en el horario estelar de la televisión mexicana con el Chavo del 8 y el Chapulín colorado, fueron parte de la cultura pop de la época.

Siempre me han gustado los libros y llevo en la memoria aquél que me abrió las puertas al mundo de la lectura; en su portada había un oso, Ese oso es mío y Susi asea el oso, fueron los primeros enunciados que logré leer de manera casi autodidacta en aquél entonces. Una vez que dominé el alfabeto, pude descifrar todo anuncio y comercial que se me atravesó por la calle, estaba ávida por leer. Al poco tiempo de ingresar a la escuela,  mis favoritos fueron los libros de lecturas, donde encontré las historias como “El país del pan”, “El señor, el niño y el burro” “El lagarto está llorando” así como adivinanzas, versos y los primeros fragmentos de literatura que se infiltraron en mi psique y mi persona.

La lectura formal y escolarizada de aquellos años fue acompañada por lecturas lúdicas y eso marcó mi vida para siempre; ya que era normal tener acceso a libros y revistas como parte de lo cotidiano, tal vez por eso las publicaciones periódicas son tan atractivas y representativas en mi vida. Allá por los ochentas, justo en el corazón del Barrio de Santa Tere, existían algunos negocios dedicados a la compra-venta y cambio de revistas y libros, uno de mis puntos favoritos se encontraba en las calles de Manuel Acuña y Andrés Terán, mi madre nos llevaba a mis hermanos y a mí cada semana; teníamos ocho días para leer lo que elegíamos para después regresar  e intercambiar en la siguiente visita.

Ahí conocí los cómics porque eran los favoritos de mis hermanos, los de superhéroes como Batman, Superman, Spiderman, otros más ligeros con un poco de humor negro, como Los hermanos zipi zape; quedé fascinada con La Pequeña Lulú, Gasparín, El gato Félix y Archie y sus amigos. Tuve una invitación a la precocidad con la Revista Cosmopolitan, la que mi madre no podía perderse, así como el famoso Libro semanal donde pude enterarme de las relaciones extramaritales de un empresario con su secretaria y otras tantas situaciones incomprensibles para mí en aquellos momentos, pero que me devoraba leyendo a escondidas, alguna vez también pasó por mis manos el Libro vaquero que estimuló bastante mi imaginación con las descripciones que hacía sobre la espalda ancha del vaquero, ese hombre de manos y brazos fuertes.  Sin discusión alguna, a casa se llevaban Selecciones y Contenido, esas eran las favoritas de mi padre, así como su gusto por seguir y creer en la revista DUDA y todo lo publicado en ella. En aquellas visitas también se incluía al Memín, el pícaro del Condorito, el soso Capulinita se colaba de vez en cuando, pero lo que no podía faltar, era la maravillosa Familia Burrón porque era la que se comentaba por todos en casa.

A final de cuentas, si lo pienso con detenimiento, no eran pocas cosas las que teníamos por leer durante la semana, además debíamos leer rápido, porque el límite eran ocho días para el intercambio, nadie quería conservar nada porque seguramente en la tienda ya estarían las novedades listas, aunque siempre podíamos quedarnos con algo para la colección y el disfrute de releer, eso le tocaba a la Familia Burrón, porque eran las de mayor batalla, así como los dramas creados por Yolanda Vargas Dulché, con su revista Lágrimas y risas que ilustró innumerables historias trágicas y románticas, de las cuales, la que más impacto me causó fue la vida de Agustín Lara.

Los recuerdos lectores trajeron a la mente a mi abuelo materno, quien compraba religiosamente El Informador, el periódico de los viejitos como muchos lo conocimos; también recordé a mi tío, que al casarse dejó en casa de los abuelos una pequeña biblioteca, donde revisaba los libros además de olerlos; un día me encontré una nota entre ellos, algo así como un mensaje de amor nunca entregado, desde entonces; me gustaba ojearlos para buscar más notas, mensajes y papelitos, cosas que me dijeran más que los mismos textos. 

La lectura se apoderó de mi desde temprana edad y el panorama se combinaba ya con los programas televisivos, los adultos de aquella época nunca imaginaron que en las series animadas como Heidi y Remi había más drama y sufrimiento que en cualquier telenovela de adultos y teníamos en Candy y Sandy Bell experiencias de pasión y amor nunca imaginados; tampoco fui consciente que con ello, me convertí de las primeras generaciones Emo y Otaku al mismo tiempo.En casa crecí con libros, nunca he vivido en la opulencia económica, sin embargo; nunca faltaron los libros o el material impreso de todo tipo, revistas, periódicos y publicaciones como las de Hágalo usted mismo, papiroflexia y los famosos cursos por correspondencia, que fueron sin lugar a dudas, los tutoriales de aquél entonces.

Conocí y me emocioné con el periódico Tiempo de niños, editado y publicado en la ciudad de México, entonces quise ser periodista. Con los años, me volví una coleccionadora compulsiva de recortes de revistas y periódicos, cartones políticos y entonces sin saber cómo, ya entendía los dibujos del talentoso Rius. Con todo esto, puedo hacer una reflexión en torno a las cosas y circunstancias que me hicieron lectora: no fueron los años de educación formal los que me abrieron la ventana y luego la puerta al universo lector, no fueron las enciclopedias o los libros complicados de ciencias y conocimiento curricular. La lectura se infiltró en mi vida, primero, porque que mis padres, tutores y adultos a mi alrededor, eran lectores o en algún momento los vi leer y comentar una lectura como un acto normal de la vida, es decir; lo hacían de manera cotidiana. Nadie intentó formarme como literata o convertirme en ratón de biblioteca, sino que me dieron la llave de acceso hacia las prácticas letradas porque eran los recursos que existían en la época en la que yo crecí. La selección de las lecturas vino después, el gusto siempre estuvo presente; los adultos que me criaron se preocuparon por hacerme llegar libros o acercaron material impreso, me regalaron momentos donde vi que los consultaban o recurrían a la lectura de alguna manera. Mis padres incluían en los festejos importantes como Navidad, Día de Reyes y cumpleaños a los libros como obsequio; mi tía Susana siempre tenía libros para diseñar títeres y juguetes con papel y cartón, invitándome a participar en su elaboración, mi abuela me contaba historias y me pedía que la acompañara a escuchar sus radionovelas favoritas: Porfirio Cadena, el ojo de vidrio y kalimán.

Supongo que no importa en la época que se nazca, análoga o digital, con libros impresos o electrónicos; las ideas, las historias que se cuentan y se leen, son porque alguien nos inspira o nos invita para hacerlo, no es dinero ni falta de tiempo lo que evita que leamos, son hábitos que se tienen o no. Yo los tengo gracias a las personas con la que compartí en la infancia, nunca supe en qué momento se instaló en mi el gusto por leer, crecí con libros y el hábito de la lectura, creo haberlo transmitido a mis hijos y deseo de corazón que sus hijos también se conviertan en lectores.

A estas alturas, puedo decir que la lectura me ha acompañado desde siempre, he dedicado mi vida a compartir libros, amor a la lectura y a formar lectores, tuve la maravillosa fortuna de crecer con letras impresas y evolucionar con ellas hasta llegar a los textos digitales, como éste que hoy tengo la oportunidad de compartir.

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