Los medios comenzaban a impactar en nuestro
crecimiento y algunos repetíamos como loros, los comerciales que
escuchábamos por radio y televisión, tuvimos la
oportunidad de enterarnos de los dramas vividos por La Zulianita, (1976) aquélla telenovela de origen
venezolano que embobaba a mi abuela mientras nos cuidaba, así como el humor tan
esperado en el horario estelar de la televisión mexicana con el Chavo del 8 y
el Chapulín colorado, fueron parte de la cultura pop de la época.
Siempre me han gustado
los libros y llevo en la memoria aquél que me abrió las puertas al mundo de la
lectura; en su portada había un oso, Ese oso es mío y Susi asea el
oso, fueron los primeros enunciados que logré leer de manera casi
autodidacta en aquél entonces. Una vez que dominé el alfabeto, pude descifrar
todo anuncio y comercial que se me atravesó por la calle, estaba ávida por leer. Al poco tiempo de ingresar a la escuela, mis favoritos fueron los libros de lecturas, donde encontré las
historias como “El país del pan”, “El señor, el niño y el burro” “El lagarto
está llorando” así como adivinanzas, versos y los primeros fragmentos de
literatura que se infiltraron en mi psique y mi persona.
La lectura formal y escolarizada de aquellos
años fue acompañada por lecturas lúdicas y eso marcó mi vida para siempre; ya
que era normal tener acceso a libros y revistas como parte de lo cotidiano, tal
vez por eso las publicaciones periódicas son tan atractivas y representativas en
mi vida. Allá por los ochentas, justo en el corazón del Barrio de Santa Tere,
existían algunos negocios dedicados a la compra-venta y cambio de revistas y
libros, uno de mis puntos favoritos se encontraba en las calles de Manuel
Acuña y Andrés Terán, mi madre nos
llevaba a mis hermanos y a mí cada semana; teníamos ocho días para leer lo que
elegíamos para después regresar e intercambiar en la siguiente visita.
Ahí conocí los cómics porque eran los
favoritos de mis hermanos, los de superhéroes como Batman, Superman, Spiderman, otros más ligeros con un
poco de humor negro, como Los
hermanos zipi zape; quedé fascinada con La Pequeña Lulú, Gasparín, El gato Félix y Archie y sus amigos. Tuve una invitación a la precocidad
con la Revista Cosmopolitan, la que mi madre no podía perderse, así como el famoso Libro semanal donde pude enterarme
de las relaciones extramaritales de un empresario con su secretaria y otras
tantas situaciones incomprensibles para mí en aquellos momentos, pero que me devoraba
leyendo a escondidas, alguna vez también pasó por mis manos el Libro
vaquero que estimuló bastante mi imaginación con las descripciones que
hacía sobre la espalda ancha del vaquero, ese hombre de manos y brazos fuertes. Sin discusión alguna, a casa se llevaban Selecciones y Contenido, esas eran las favoritas de mi padre, así como su gusto por seguir y
creer en la revista DUDA y todo lo publicado en ella. En aquellas visitas también
se incluía al Memín, el pícaro del Condorito, el soso Capulinita
se colaba de vez en cuando, pero lo que no podía faltar, era la maravillosa Familia
Burrón porque era la que se comentaba por todos en casa.
A
final de cuentas, si lo pienso con detenimiento, no eran pocas cosas las que
teníamos por leer durante la semana, además debíamos leer rápido, porque el límite eran
ocho días para el intercambio, nadie quería conservar nada porque seguramente
en la tienda ya estarían las novedades listas, aunque siempre podíamos quedarnos
con algo para la colección y el disfrute de releer, eso le tocaba a la Familia
Burrón, porque eran las de mayor batalla, así como los dramas creados
por Yolanda Vargas Dulché, con su revista Lágrimas y risas que ilustró
innumerables historias trágicas y románticas, de las cuales, la que más impacto
me causó fue la vida de Agustín Lara.
Los recuerdos lectores trajeron a la mente a mi abuelo materno, quien compraba religiosamente El Informador,
el periódico de los viejitos como muchos lo conocimos; también recordé a mi tío, que al casarse dejó en casa de los abuelos una
pequeña biblioteca, donde revisaba los libros además de olerlos; un día me encontré una nota entre ellos, algo así como un mensaje de
amor nunca entregado, desde entonces; me gustaba ojearlos para buscar más
notas, mensajes y papelitos, cosas que me dijeran más que los mismos textos.
La lectura se apoderó de mi desde temprana
edad y el panorama se combinaba ya
con los programas televisivos, los adultos de aquella época nunca
imaginaron que en las series animadas como Heidi y Remi había más drama y
sufrimiento que en cualquier telenovela de adultos y teníamos en Candy
y Sandy
Bell experiencias de pasión y amor nunca imaginados; tampoco fui
consciente que con ello, me convertí de las primeras generaciones Emo
y Otaku
al mismo tiempo.En casa crecí con libros, nunca he vivido en
la opulencia económica, sin embargo; nunca faltaron los libros o el material
impreso de todo tipo, revistas, periódicos y publicaciones como las de Hágalo
usted mismo, papiroflexia y los famosos cursos
por correspondencia, que fueron sin lugar a dudas, los tutoriales de
aquél entonces.
Conocí y me emocioné con el periódico Tiempo
de niños, editado y publicado en la ciudad de México, entonces quise
ser periodista. Con los años, me volví una
coleccionadora compulsiva de recortes de revistas y periódicos, cartones
políticos y entonces sin saber cómo, ya entendía los dibujos del talentoso Rius. Con todo esto, puedo hacer una reflexión en torno a las cosas y
circunstancias que me hicieron lectora: no fueron los años de educación formal los
que me abrieron la ventana y luego la puerta al universo lector, no fueron las
enciclopedias o los libros complicados de ciencias y conocimiento curricular.
La lectura se infiltró en mi vida, primero, porque que mis padres, tutores y
adultos a mi alrededor, eran lectores o en algún momento los vi leer y comentar
una lectura como un acto normal de la vida, es decir; lo hacían de manera
cotidiana. Nadie intentó formarme como literata o convertirme en ratón de
biblioteca, sino que me dieron la llave de acceso hacia las prácticas letradas porque
eran los recursos que existían en la época en la que yo crecí. La selección de
las lecturas vino después, el gusto siempre estuvo presente; los adultos que me
criaron se preocuparon por hacerme llegar libros o acercaron material impreso, me
regalaron momentos donde vi que los consultaban o recurrían a la lectura de
alguna manera. Mis padres incluían en los festejos importantes como Navidad,
Día de Reyes y cumpleaños a los libros como obsequio; mi tía Susana siempre
tenía libros para diseñar títeres y juguetes con papel y cartón, invitándome a
participar en su elaboración, mi abuela me contaba historias y me pedía que la acompañara a
escuchar sus radionovelas favoritas: Porfirio Cadena, el ojo de vidrio y kalimán.
Supongo que no importa en la época que se
nazca, análoga o digital, con libros impresos o electrónicos; las ideas, las
historias que se cuentan y se leen, son porque alguien nos inspira o nos invita
para hacerlo, no es dinero ni falta de tiempo lo que evita que leamos, son
hábitos que se tienen o no. Yo los tengo gracias a las personas con la que
compartí en la infancia, nunca supe en qué momento se instaló en mi el gusto
por leer, crecí con libros y el hábito de la lectura, creo haberlo transmitido
a mis hijos y deseo de corazón que sus hijos también se conviertan en lectores.
A estas alturas, puedo decir que la lectura me ha acompañado desde
siempre, he dedicado mi vida a compartir libros, amor a la lectura y a formar
lectores, tuve la maravillosa fortuna de crecer con letras impresas y
evolucionar con ellas hasta llegar a los textos digitales, como éste que hoy tengo
la oportunidad de compartir.
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