¿De qué está hecha nuestra identidad?

 

Conocer la historia, los símbolos y las tradiciones de México permite que cada niño y cada niña construya su propia relación con la cultura de su país.



Hay fechas que llegan cada año y que parecen formar parte de nuestra memoria desde siempre. En México, septiembre trae consigo banderas, colores, música, desfiles, actos escolares, fiestas y conversaciones sobre la Independencia. En muchas escuelas, las niñas y los niños se preparan durante semanas para conocer algunos de los acontecimientos, personajes y símbolos que forman parte de la historia de nuestro país.

Para quienes crecimos en México, estas celebraciones suelen estar acompañadas de recuerdos: los actos cívicos de la escuela, la escolta, la banda de guerra, los desfiles, los adornos, las canciones y, por supuesto, el tradicional Grito de Independencia.

Pero ¿qué sucede cuando crecemos lejos de México? ¿Qué ocurre cuando una niña o un niño mexicano nace o crece en otro país? ¿Cómo se construye el vínculo con una cultura cuando la distancia geográfica forma parte de la vida cotidiana? ¿Cómo compartimos con las nuevas generaciones aquello que para nosotros forma parte de nuestra historia, nuestros recuerdos y nuestra manera de mirar el mundo? Tal vez estas preguntas nos llevan a una más amplia:

¿De qué está hecha nuestra identidad?

Identidad y pertenencia

Nuestra identidad no está hecha de una sola cosa. Está formada por las personas que nos rodean, las historias que escuchamos, las palabras que aprendemos, los lugares donde vivimos, las costumbres que compartimos, los libros que leemos, las canciones que reconocemos, los alimentos que nos recuerdan a casa y también por los acontecimientos que una sociedad decide conservar en su memoria.

La nacionalidad es una parte de esa historia, pero no es toda nuestra identidad.

Por eso, acercar a las niñas y los niños a las fechas patrias, a los símbolos y a la historia de un país no tiene por qué significar decirles qué deben sentir o cómo deben identificarse. Puede significar, sencillamente, darles herramientas para conocer y comprender una parte de la cultura con la que están vinculados. Y ese vínculo puede adoptar muchas formas. Puede ser el de un niño que vive en México y crece rodeado de sus tradiciones. Puede ser el de una niña mexicana que vive en otro continente. Puede ser el de una familia que conserva en casa algunas costumbres de sus abuelos. Puede ser el de un niño que tiene padres mexicanos y crece en otro país, entre distintas lenguas, celebraciones y maneras de entender el mundo. Cada experiencia es diferente.

 ¿Y el patriotismo?

Conocer y valorar la historia de un país también puede ser una forma de construir un vínculo afectivo con él. A ese sentimiento podemos llamarlo patriotismo. El patriotismo no tiene por qué significar que una cultura sea superior a otra ni que una persona tenga que elegir una sola pertenencia. Puede expresarse en el cariño por una tierra, en el interés por conocer su historia, en el respeto por sus símbolos o en el deseo de conservar y compartir aquello que consideramos valioso. Y también puede convivir con otras pertenencias.

 Una niña puede sentirse orgullosa de sus raíces mexicanas y al mismo tiempo, crecer profundamente vinculada con el país donde vive. Un niño puede conocer una bandera, una canción o una celebración de sus padres y encontrar en ellas una parte de su propia historia.

La identidad puede ser múltiple, cambiante y compartida. Eso también es válido.

Más allá de la celebración

Las fiestas patrias son una oportunidad para celebrar, pero también pueden ser una oportunidad para conversar: ¿Qué ocurrió realmente durante la Independencia de México? ¿Por qué comenzó aquella lucha? ¿Quiénes participaron? ¿Qué significaba la libertad para las personas de aquella época? ¿Qué cambió y qué problemas permanecieron? ¿Qué significa hoy vivir en un país independiente?

Cuando acercamos la historia a las infancias, no necesitamos convertirla únicamente en una lista de fechas, nombres y acontecimientos para memorizar. Podemos contar historias. Podemos hacer preguntas. Podemos observar símbolos. Podemos escuchar diferentes voces. Podemos hablar de las personas que participaron en aquellos procesos históricos y también de las condiciones sociales que los hicieron posibles. Porque conocer la historia no significa únicamente mirar hacia atrás. También nos ayuda a comprender el presente.

La Independencia de México forma parte de la construcción histórica del país y nos permite conversar sobre ideas como la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad y el respeto. Pero esos valores no pertenecen solamente al pasado. Siguen siendo preguntas vigentes para cualquier sociedad y, por supuesto, también para las nuevas generaciones.

Las infancias mexicanas también están lejos de México

Hoy existen niñas y niños mexicanos en muchos lugares del mundo. Algunos nacieron en México y emigraron con sus familias. Otros nacieron en otro país. Algunos tienen padres o abuelos mexicanos. Otros crecen en hogares donde conviven distintas culturas.

Para ellos, acercarse a México puede significar descubrir una parte de su historia familiar, reconocer una tradición, aprender una palabra, escuchar una canción, conocer un personaje o simplemente entender por qué en septiembre sus padres se emocionan al ver una bandera mexicana. No todos vivirán la mexicanidad de la misma manera y quizá ese sea precisamente el punto.

<<No se trata de enseñar a todos los niños a sentir lo mismo, sino de ofrecerles la posibilidad de conocer, preguntar, descubrir y construir su propia relación con una cultura>>

Porque conocer nuestras raíces no nos obliga a quedarnos en ellas, al contrario: cuando sabemos de dónde vienen algunas de las historias que nos forman, podemos mirar otras culturas con mayor curiosidad, respeto y apertura. 

En Nuevos Lectores nuestro lema es: Leer es pertenecer, porque creemos que los libros, las historias y la lectura pueden abrir esos espacios de encuentro. Pueden ayudarnos a recordar, a preguntar, a conversar y también a descubrir que la identidad no es una caja cerrada. 

Es una construcción que hacemos a lo largo de la vida. Entonces, por eso vale la pena volver a preguntarnos, cada vez que una fecha nos invita a mirar nuestra historia:

 ¿De qué está hecha nuestra identidad?


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