Escribir y leer en tiempos de la IA y la inmediatez

Innumerables publicaciones siguen apareciendo en internet sobre la amenaza que puede representar la inteligencia artificial cuando comenzamos a utilizarla como sustituto de nuestra propia capacidad para pensar, crear y expresar.

Al mismo tiempo, las redes sociales se han llenado de contenidos que prometen convertirnos en escritores en tiempo récord: “cómo hacer tu libro en uno, dos, tres pasos”, “pídele a una IA que escriba, diseñe y te entregue tu libro listo para imprimir”, “haz un libro una vez y vive de tus ventas”.

Muchos de esos reels e historias están hechos, incluso, con inteligencia artificial.

Y todo esto me hizo recordar una historieta que aparecía en uno de los libros de lectura de la SEP durante la década de los ochenta. En ella, dos niños están tirados en el piso, con unas hojas y unos lápices.

Lupe le pregunta a Juan:

—¿Qué haces?

—Escribo una carta a María —responde Juan.

—¡Pero si tú no sabes escribir! —dice Lupe, sorprendida.

—¡No importa, María tampoco sabe leer!

El chiste se cuenta solo.

Y entonces me pregunto: ¿será que estamos inundando el planeta de libros escritos por personas que no saben escribir y dirigidos a personas que no saben leer?

Tal vez.

Pero quienes creemos en el valor de los libros y reconocemos a la escritura y a la lectura como caras de una misma moneda sabemos que hay algo que no puede medirse en la velocidad con que una obra puede producirse.

Siguen existiendo escritos valiosos, pensamientos y emociones reales expresados a través de las palabras, en distintos géneros y formatos. Siguen existiendo libros que, sin llegar a ser best sellers, tienen calidad porque fueron escritos con cuidado, con oficio, con pasión y, muchas veces, con el corazón.

También siguen existiendo personas que dedican tiempo a ilustrar, diseñar, corregir, maquetar e imprimir. Personas que se entusiasman cuando finalmente tienen su libro entre las manos, cuando consiguen colocarlo en una librería o en una feria y pueden acercarlo a sus posibles lectores.

Y siguen existiendo lectores.

Lectores que se pasean por una librería buscando novedades, otras voces, historias distintas; que ya no quieren encontrar siempre los mismos títulos gastados, las mismas historias con una portada diferente.

Los libros cambian y los lectores también. Existen clásicos imprescindibles, por supuesto, pero también existe la poesía recién escrita, esa que habla del mundo actual y de lo que sentimos en este milenio. Están los ensayos, los manifiestos, las nuevas narrativas y las novelas escritas por mujeres que durante mucho tiempo tuvieron que buscar espacios para ser leídas y escuchadas, incluso detrás de un seudónimo o del nombre de un escritor exitoso. Hoy muchas de esas voces han decidido ocupar su propio lugar.

Sí, hay libros huecos, escritos sin sentido o producidos bajo pedido. Hay textos que buscan solamente aprovechar una tendencia, llenar una plataforma o encontrar una fórmula rápida para vender. Pero también siguen existiendo voces reales que consiguen convertirse en páginas y que recorren, muchas veces a pesar de las dificultades, esa cadena extensa y extenuante que implica la producción editorial.

Existen escritoras y escritores que se autopublican y siguen confiando en su voz, editoras y editores que apuestan por nuevas plumas, librerías, ferias, proyectos independientes y lectores que siguen buscando otras maneras de encontrarse con los libros.

Y eso importa.

Porque publicar no es solamente producir un archivo, imprimir unas páginas o subir un libro a una plataforma. Publicar también significa intentar que una obra encuentre lectores, que circule, que dialogue con otras voces y, quizá, que llegue a un lugar que su autor nunca imaginó.

La inteligencia artificial ha llegado para quedarse y puede ser una herramienta extraordinaria. Puede ayudarnos a investigar, ordenar, corregir, explorar posibilidades y resolver muchas tareas. El desafío aparece cuando confundimos la herramienta con la experiencia que hay detrás de una obra.

Una máquina puede escribir sobre un corazón roto. Puede describir una pérdida, un viaje, el desarraigo de quien está lejos de su tierra, el aroma de un cuerpo, los colores y sabores de un lugar, la admiración por una mariposa o las historias que nos contaban nuestros abuelos. Puede construir un texto sobre cualquiera de esas cosas.

Pero la experiencia de haber vivido, sentido, perdido, amado, extrañado o recordado pertenece a alguien.

Y quizá ahí está una de las razones por las que seguimos escribiendo.

Porque tenemos algo que contar, porque necesitamos nombrar aquello que nos sucede o queremos conservar una historia familiar, explicar un mundo que cambia, cuestionar lo que conocemos, inventar otros mundos o simplemente encontrar las palabras para decir aquello que todavía no sabemos cómo decir. Y seguramente, en algún lugar, habrá alguien que quiera escuchar.

Por eso siguen siendo importantes los espacios que acercan a quienes escriben con quienes leen. Los encuentros literarios, las librerías, las ferias, las editoriales independientes y los proyectos que buscan que una obra pueda viajar y encontrarse con lectores más allá del lugar donde nació.

Quizá por eso también tiene sentido construir puentes literarios entre territorios.

Celebrar y propiciar el encuentro entre autoras, autores, editoras, editores y lectores cobra especial sentido a propósito de la Semana Mundial de la Novela. Para Nuevos Lectores, participar en esta celebración es también una oportunidad para poner en práctica una convicción que nos acompaña: una obra puede cruzar fronteras, una voz puede encontrar lectores en otro país y conocer nuevas escrituras también es una manera de acercarnos a otras personas.

Cada oportunidad que tengamos para descubrir nuevas voces de la literatura, sin importar el género, es una invitación a conectar con los demás. Nunca pierdas la oportunidad. Y si nunca lo has hecho, inténtalo.

Lee.

Busca una voz nueva.

Comparte lo que leíste con alguien cercano.

Porque, incluso en tiempos de inteligencia artificial y de inmediatez, seguimos teniendo algo que decir y seguimos necesitando escuchar lo que otros tienen para contarnos.

 



 

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